Soy un miembro común de la Iglesia, una comunidad que cambia y se adapta, pero cuya esencia permanece desde sus inicios. En este caminar he visto cómo surgen preguntas y posturas distintas sobre la Comunión: ¿se puede comulgar si no se ha participado en toda la Misa? ¿Qué significa realmente recibir al Señor?
Antes de acercarnos al altar, creo que deberíamos detenernos un momento y preguntarnos: ¿realmente merezco recibirle? La respuesta lógica sería no. No lo merezco, no soy digno… Y sin embargo, en su misericordia, Cristo se nos entrega.
Muchas veces no somos plenamente conscientes de a quién recibimos. Por eso, la Comunión no puede verse como un gesto aislado: es el culmen de toda la celebración eucarística. El Misal Romano nos recuerda que este momento llega después de la Plegaria Eucarística y el Padrenuestro, como fruto de haber escuchado la Palabra y participado en el sacrificio de Cristo.
Lo que dice la norma
La Iglesia, en la Instrucción General del Misal Romano, establece que los fieles pueden recibir la Comunión mientras la Misa esté en curso, siempre que estén en gracia y hayan guardado el ayuno eucarístico. No existe una prohibición explícita para quienes llegan tarde.
Lo que sentimos al comulgar
Desde una mirada pastoral y espiritual, muchos pensamos que comulgar sin haber participado en la Liturgia de la Palabra rompe la unidad del rito. La Eucaristía no es solo “recibir la hostia”, sino vivir todo el encuentro: escuchar, responder, ofrecer y finalmente comulgar.
La Palabra prepara el corazón, y la Comunión lo sella. Separar una parte de la otra es como querer disfrutar el fruto sin haber cuidado la raíz.
Santo Tomás de Aquino nos recuerda:
“La comunión es el alimento del alma, porque nos hacemos uno con Jesús que entra en nosotros.”
La Iglesia en equilibrio
La norma oficial dice: Se puede comulgar, aunque la Misa ya haya empezado.
La Comunión es un regalo inmenso, pero también una responsabilidad. Más allá de lo permitido, lo que da verdadero sentido es vivir la Misa completa, desde la primera lectura hasta la bendición final. Así, cada vez que comulgamos, lo hacemos con el corazón preparado y en plena comunión con la comunidad.
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